Mosquitoes, Mulege and more… more beans and rice that is…

Llegamos a Mulegé después de un largo día de pedaleo. La distancia no fue tanta, quizás 65 kms. pero esta vez nos golpeó fuerte el calor y tuvimos que ir despacio, descansando cada diez, a veces cinco kms. Los días en Santa Rosalía, aunque solo un par, fueron provechosos. Muchísimas gracias de nuevo a la familia Colorado, que sin conocernos nos abrieron las puertas de su casa y nos acogieron de la manera más amable y gentil. José Luis, el señor de la casa es uno de esos personajes que combinan gentileza, sabiduría, humildad, energía y un corazón enorme… Inevitablemente se movieron tantas cosas adentro, comenzando por extrañar a mi papá, otro personaje definitivamente con su propia lista, y una bastante extensa de cualidades, para mí la más importante, el corazón enorme que abraza a quien esté cerca.

Estoy contenta de al fin tener listo el primer video de yoga, ahora si! Super breve, poco más de cuatro minutos, básico tanto en el yoga que contiene como en la edición, pero no importa, es el primer paso, y para mí uno grande. Nunca me ha gustado estar del otro lado de la cámara.

Mulegé es otro oasis, como San Ignacio en medio del desierto, pero esta vez  en la costa del golfo, una combinación hermosa que nos atrapó a los cinco minutos. Pensamos pasar por aquí de entrada por salida, es más, pensamos que ni siquiera nos íbamos a detener sino seguir de corrido hasta Santispac, una playa paradiseaca a la que le traigo ganas desde hace tiempo, pero íjoles! ya nos veníamos desmayando y pensar en 15 kms. más… NO.

Antes de llegar hay una pendiente, no tan intensa como la que está llegando a el Rosario, pero pronunciada y de unos tres kilómetros. Me recordó que definitivamente, cuando nos sea posible, quiero cambiar el manubrio de mi bici; diría que se me cansaron las manos, que me dolieron, pero fue mucho más que eso, sentí como si hubiera agarrado el mango hirviente de un sartén que ha estado en la estufa por horas, quitarme los guantes -los benditos guantes! fue doloroso por si, y mis pobres manos instantaneamente inflamadas, con una tremenda ampolla en la base de cada pulgar y al rojo vivo. Todavia ahorita, a la mañana siguiente me duelen aún y siguen inflamadas… además para entonces ya veníamos deshidratados, me temblaba el cuerpo y batallaba en darle coherencia a mis pensamientos. Y así decidimos quedarnos en Mulegé. Con sus mosquitos… eso si, despues de una serie de eventos inesperados, dimos con un restaurante mágico, construído con palma, bambu, tablas improvizadas de madera y plantas creciendo en cada rincón, enredaderas que crean verdes cortinas y claro, la gente más dulce. La Casa de Pancho Villa se llama. La dueña sabe mucho de herbolaria y me ha estado contando de sus menjurges. La cereza en el pastel… internet gratis!

Aquí mismo conocimos a Luke, de Bélgica y Canela, su pequeña labrador chocolate que se ha robado una sandalia de Chris y se reusa a confesar su paradero. No habla inglés (Luke, aunque Canela tampoco) y su español, aunque ha vivido aquí ya tres años es muy básico, pero nos entendemos. Nos estamos quedando en el segundo piso de su casa, en un cuarto improvizado con techo de palma y una terraza enorme que da derechito al faro. Nos tomamos un par de cervezas y a la hora de ir a casa platicamos en una mezcla de español, francés, inglés y ademanes muy simpáticos. Llegando al cuarto no encontraba las llaves, buscó en su casa, en el carro, de regreso en el restaurante, de nuevo en casa y al salió diciendo “No problem, nooo problem”… sacó un martillo y abrió la puerta:) Creo que en estas tres semanas he tenido, quizás, tres o cuatro noches de buen dormir. Ayer no fue una de aquellas. Comenzamos bien, hasta con colchón y una suave brisa… salió el primer mosquito. Puse un poco de incienso… y salió el segundo mosquito… saqué el repelente… y salió el tercer mosquito con sus primos el cuarto y el quinto… dejó de soplar la brisa y con el calor, llegaron los demás mosquitos… varias horas después optamos por salir a dormir en la terraza, la luna casi llena iluminaba las palmeras, se reflejaba en el río y los grillos y pájaros intentaban arrullarnos, pero los malditos mosquitos!!!… terminamos armando la casa de campaña y al fin, sudorosos, pegajosos y apestosos en el sauna de plástico de casa de campaña, dormimos unas tres horas. No me quejo, las gocé minuto a minuto!!

Llegamos a Mulegé después de un largo día de pedaleo. La distancia no fue tanta, quizás 65 kms. pero esta vez nos golpeó fuerte el calor y tuvimos que ir despacio, descansando cada diez, a veces cinco kms. Los días en Santa Rosalía, aunque solo un par, fueron provechosos. Muchísimas gracias de nuevo a la familia Colorado, que sin conocernos nos abrieron las puertas de su casa y nos acogieron de la manera más amable y gentil. José Luis, el señor de la casa es uno de esos personajes que combinan gentileza, sabiduría, humildad, energía y un corazón enorme… Inevitablemente se movieron tantas cosas adentro, comenzando por extrañar a mi papá, otro personaje definitivamente con su propia lista, y una bastante extensa de cualidades, para mí la más importante, el corazón enorme que abraza a quien esté cerca.

Estoy contenta de al fin tener listo el primer video de yoga, ahora si! Super breve, poco más de cuatro minutos, básico tanto en el yoga que contiene como en la edición, pero no importa, es el primer paso, y para mí uno grande. Nunca me ha gustado estar del otro lado de la cámara.

Mulegé es otro oasis, como San Ignacio en medio del desierto, pero esta vez  en la costa del golfo, una combinación hermosa que nos atrapó a los cinco minutos. Pensamos pasar por aquí de entrada por salida, es más, pensamos que ni siquiera nos íbamos a detener sino seguir de corrido hasta Santispac, una playa paradiseaca a la que le traigo ganas desde hace tiempo, pero íjoles! ya nos veníamos desmayando y pensar en 15 kms. más… NO.

Antes de llegar hay una pendiente, no tan intensa como la que está llegando a el Rosario, pero pronunciada y de unos tres kilómetros. Me recordó que definitivamente, cuando nos sea posible, quiero cambiar el manubrio de mi bici; diría que se me cansaron las manos, que me dolieron, pero fue mucho más que eso, sentí como si hubiera agarrado el mango hirviente de un sartén que ha estado en la estufa por horas, quitarme los guantes -los benditos guantes! fue doloroso por si, y mis pobres manos instantaneamente inflamadas, con una tremenda ampolla en la base de cada pulgar y al rojo vivo. Todavia ahorita, a la mañana siguiente me duelen aún y siguen inflamadas… además para entonces ya veníamos deshidratados, me temblaba el cuerpo y batallaba en darle coherencia a mis pensamientos. Y así decidimos quedarnos en Mulegé. Con sus mosquitos… eso si, despues de una serie de eventos inesperados, dimos con un restaurante mágico, construído con palma, bambu, tablas improvizadas de madera y plantas creciendo en cada rincón, enredaderas que crean verdes cortinas y claro, la gente más dulce. La Casa de Pancho Villa se llama. La dueña sabe mucho de herbolaria y me ha estado contando de sus menjurges. La cereza en el pastel… internet gratis!

Aquí mismo conocimos a Luke, de Bélgica y Canela, su pequeña labrador chocolate que se ha robado una sandalia de Chris y se reusa a confesar su paradero. No habla inglés (Luke, aunque Canela tampoco) y su español, aunque ha vivido aquí ya tres años es muy básico, pero nos entendemos. Nos estamos quedando en el segundo piso de su casa, en un cuarto improvizado con techo de palma y una terraza enorme que da derechito al faro. Nos tomamos un par de cervezas y a la hora de ir a casa platicamos en una mezcla de español, francés, inglés y ademanes muy simpáticos. Llegando al cuarto no encontraba las llaves, buscó en su casa, en el carro, de regreso en el restaurante, de nuevo en casa y al salió diciendo “No problem, nooo problem”… sacó un martillo y abrió la puerta:) Creo que en estas tres semanas he tenido, quizás, tres o cuatro noches de buen dormir. Ayer no fue una de aquellas. Comenzamos bien, hasta con colchón y una suave brisa… salió el primer mosquito. Puse un poco de incienso… y salió el segundo mosquito… saqué el repelente… y salió el tercer mosquito con sus primos el cuarto y el quinto… dejó de soplar la brisa y con el calor, llegaron los demás mosquitos… varias horas después optamos por salir a dormir en la terraza, la luna casi llena iluminaba las palmeras, se reflejaba en el río y los grillos y pájaros intentaban arrullarnos, pero los malditos mosquitos!!!… terminamos armando la casa de campaña y al fin, sudorosos, pegajosos y apestosos en el sauna de plástico de casa de campaña, dormimos unas tres horas. No me quejo, las gocé minuto a minuto!!

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